Cuando pensamos en la economía de una familia pastora, solemos pensar primero en números: ¿cuántos animales tiene?, ¿cuántos litros de leche produce?, ¿cuánto cuesta un kilo de carne o de fibra? Pero, ¿qué ocurre con todo aquello que produce el pastoralismo y que no aparece necesariamente en el precio de sus productos?
El 29 de septiembre se llevó a cabo la última sesión sincrónica del curso virtual “Socioeconomía del pastoreo, la crianza animal y los pastizales”, con la facilitación de la antropóloga italiana Letizia Bindi, quien invitó a mirar más allá de los indicadores económicos convencionales para comprender el pastoralismo como un sistema socioeconómico, ecológico y cultural.

Bindi, quien trabaja desde hace años sobre pastoralismo y regeneración de territorios en Italia, también ha desarrollado investigaciones y proyectos de cooperación en Argentina, Paraguay y Bolivia, además de una investigación de larga duración con pastores mapuche en la Patagonia argentina. Desde esta experiencia, planteó una pregunta que atravesó toda la sesión: ¿qué produce realmente el pastoralismo?
Además de carne, leche o fibra, produce paisaje, biodiversidad, conocimiento, seguridad alimentaria, relaciones sociales y capacidad de permanencia en los territorios. Y si produce todos estos elementos, surge una segunda pregunta: ¿quién reconoce su valor y quién lo remunera?
Lo que se pierde cuando una familia deja de pastorear
Cuando una familia abandona el pastoreo, la respuesta inmediata podría ser que desaparece una unidad productiva: hay menos animales, menos leche, menos carne o menos fibra disponibles en el mercado. Sin embargo, para Bindi, esa explicación es insuficiente.
Con la salida de una familia también pueden interrumpirse rutas de movilidad, calendarios estacionales, conocimientos sobre el agua y los pastos, formas de cooperación, redes de intercambio y memorias sobre cómo desenvolverse en territorios difíciles. En muchos contextos pastoriles, el conocimiento no está separado de la práctica: se sabe dónde hay agua porque se ha recorrido el territorio; se conoce un pasto porque se ha observado durante años cómo responde a la lluvia, la sequía o al paso de diferentes animales.

Por eso, el abandono del pastoreo no representa solamente una pérdida demográfica, también puede significar una pérdida de capacidad territorial, como explico Bindi: “un territorio puede seguir físicamente allí, pero perder parte de las personas y de los conocimientos que lo hacen legible, practicable y productivo”.
Moverse también es planificar
La movilidad es uno de los elementos más importantes del pastoralismo y, al mismo tiempo, uno de los más incomprendidos,“Moverse no es falta de planificación”, explicó Bindi. En muchos sistemas pastoriles, moverse es precisamente una forma sofisticada de planificación y de gestión de la incertidumbre. La movilidad permite seguir los ciclos del agua y la vegetación, aprovechar pastos disponibles en diferentes momentos del año, reducir la presión sobre una misma superficie y mantener alternativas frente a situaciones como la sequía.
Por eso, cuando una política cierra un corredor, privatiza un acceso o dificulta un desplazamiento, no modifica únicamente una costumbre. Puede reducir la capacidad económica de adaptación de las familias pastoriles. La movilidad puede entenderse, así, como una tecnología social y ecológica para distribuir riesgos en el espacio y el tiempo.
Una economía pastoral ampliada
El mercado paga la carne, la leche y la fibra, pero no paga la fertilidad del suelo, la biodiversidad, el cuidado del paisaje ni la transmisión de saberes, aunque la sociedad necesita todo eso. Bindi propuso distinguir entre un valor monetario visible y un valor territorial y social que muchas veces no aparece en los indicadores económicos. En el primer grupo están productos como carne, leche, queso, lana, fibra o cuero. En el segundo aparecen la fertilidad del suelo, el mantenimiento de la biodiversidad, la conservación de paisajes abiertos, la vigilancia territorial, el mantenimiento de caminos, las redes de reciprocidad, la autonomía alimentaria y la continuidad de conocimientos.

El problema es que muchas de estas funciones son necesarias para la sociedad, pero no aparecen directamente en el precio de un litro de leche o de un kilo de carne. La comunidad pastoral produce beneficios y asume costes, mientras el mercado remunera solamente una parte de ese valor. De allí surge una pregunta de economía política: ¿Quién produce el valor y quién consigue apropiarse de él?
La propuesta de una economía pastoral ampliada no busca negar el mercado, sino hacer visible aquello que el mercado utiliza o recibe sin necesariamente remunerarlo.
Seguridad alimentaria más allá del volumen
La sesión también abordó la relación entre pastoralismo y seguridad alimentaria. Para Bindi, esta no puede reducirse a preguntar si existe suficiente comida. También implica considerar su disponibilidad, acceso, estabilidad, calidad y pertinencia cultural. En zonas secas, montañosas, de altura o con alta variabilidad, los animales cumplen una función particular: convierten pastos, arbustos y vegetación estacional, recursos que las personas no pueden consumir directamente, en alimentos, fibra, abono y trabajo. Esto depende de conocimientos, razas adaptadas y movilidad.
Por eso, la seguridad alimentaria no puede analizarse solamente desde los mercados o las ciudades. También requiere mirar los territorios donde se sostiene la producción, las condiciones de quienes trabajan en ellos y los derechos que permiten acceder a pastos, agua y rutas.
En este sentido, Bindi propuso la idea de ciudadanía alimentaria: no somos únicamente consumidores que eligen productos, sino parte de relaciones de producción, distribución y cuidado.
Ni demonizar ni romantizar
La facilitadora llamó a evitar dos simplificaciones. La primera consiste en demonizar toda la ganadería como si todos los sistemas fueran ambiental, económica y socialmente equivalentes. La segunda, en idealizar el pastoreo extensivo como si fuera sostenible por definición.
Los sistemas pastoriles deben analizarse de manera situada: considerando qué animales se crían, en qué territorio, con qué movilidad, con qué acceso al agua, bajo qué reglas, para qué mercado y con qué impactos y beneficios. La sostenibilidad, señaló Bindi, depende de las relaciones concretas entre densidades, tiempos, reglas, recursos, conocimientos y condiciones de trabajo. Por ello, no basta con clasificar una actividad como “extensiva” para asumir que es sostenible.
El patrimonio vivo no puede separarse de quienes lo sostienen
Otro de los ejes de la sesión fue el patrimonio biocultural. Para Bindi, biodiversidad, paisaje, agua, suelos, memorias y alimentos no son dimensiones aisladas: se han producido históricamente de manera entrelazada. La patrimonialización puede generar oportunidades: reconocimiento público, recursos, escuelas de pastoreo, recuperación de razas, turismo y mercados de calidad. Pero también existe el riesgo de convertir una práctica viva en una imagen consumible, separándola de las condiciones sociales que hacen posible su continuidad.

Una trashumancia puede convertirse en atractivo turístico mientras desaparecen los derechos de paso necesarios para practicarla; un queso puede convertirse en símbolo de un territorio mientras quien lo produce recibe una parte mínima del precio final. Por eso, el reconocimiento cultural solo adquiere sentido cuando se traduce también en capacidades concretas para quienes mantienen estas prácticas.
¿Quién sostiene el sistema?
La sesión puso especial atención en el trabajo menos visible del pastoralismo. Conducir animales, ordeñar, transformar leche, esquilar o vender son tareas visibles; pero también existen otras menos reconocidas: los cuidados, la contabilidad, la preparación de alimentos, la limpieza, la organización familiar, los trámites, las redes sociales y la transmisión de conocimientos.
En muchos contextos, las mujeres cumplen un papel fundamental en la transformación de alimentos, las finanzas familiares, el cuidado y la comercialización, aunque no siempre controlan los ingresos ni aparecen como titulares de las explotaciones o beneficiarias de políticas.
El relevo generacional plantea otra pregunta: ¿por qué una persona joven elegiría hoy ser pastora o pastor?
Bindi señaló que existen jóvenes que se incorporan al pastoralismo incluso sin provenir de familias pastoriles, motivados por el vínculo con la naturaleza, los animales y la autoproducción. Esto abre también la necesidad de formación y de escuelas de pastoreo que articulen saberes locales y conocimientos técnicos.
Pero la formación no es suficiente. Para que el pastoralismo pueda constituirse en un proyecto de vida, también se requieren derechos de movilidad, acceso a pastizales y agua, mercados que reconozcan los costes reales, servicios de salud, educación, vivienda, transporte y conectividad.
Como sintetizó Bindi durante la sesión: “La sostenibilidad no puede significar beneficios ambientales sostenidos por vidas precarias”.
Este es un video corto que recupera parte de las reflexiones sobre el pastoralismo como economía:
Un curso que tejió miradas desde tres países
Con esta sesión concluimos un recorrido de cuatro semanas de formación, desarrollado en el marco del Año Internacional de los Pastizales y los Pastores 2026. Durante el curso se abordaron distintas dimensiones del pastoralismo, desde la conservación de los pastizales y los derechos territoriales hasta su dimensión económica, social, cultural y alimentaria.
Contamos con la participación de 31 personas (14 mujeres, 16 hombres y 1 diversa). El 71% participó desde Bolivia, el 26% desde Perú y el 3% desde México. Esta diversidad de experiencias contribuyó a ampliar las conversaciones y a poner en diálogo diferentes realidades pastoriles de la región.
Y si quieren recorrer nuevamente el camino del curso, pueden leer las notas de las sesiones anteriores:




