martes 28 julio, 2026
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Ruth Bautista Durán

La investigación “Endeudamiento y autonomía económica familiar y comunitaria en el Norte Amazónico de Bolivia” (2025) realizada por Karen Mercado junto al equipo del IPDRS, nos dio luces sobre la estructura del endeudamiento que persiste y se actualiza entre las familias y comunidades de la región amazónica. En el propósito de profundizar en los sistemas de ahorro emprendimos un nuevo proceso participativo y dialógico junto a las mujeres de diferentes organizaciones económicas y comunidades de los municipios de Gonzalo Moreno, Sena y San Lorenzo de Pando, y Riberalta, Beni.

¿Se puede ahorrar en el Norte Amazónico?

Las respuestas reflejan una diversidad de situaciones familiares. “No, no se puede”, lamentan las familias con más niños que mantener y poca disponibilidad de bosque. “Sí, es cuestión de planificar”, afirman las mujeres que han logrado que la corresponsabilidad del cuidado ingrese a sus hogares y además disponen de una serie de condiciones, como la educación secundaria, la baja conflictividad territorial en sus comunidades y el haber identificado potencialidades económicas que les permiten tal planificación. Pronto se agolpan los criterios: “es que nos gusta gastar”, “hay que disfrutar cuando hay”, “la gente no sabe ahorrar”.

Pero, ¿cómo se diseña la economía familiar y local? De forma determinante, y como Mercado había identificado, la zafra de la castaña determina buena parte de la dinámica económica, de la dinámica del mercado y las condiciones del consumo. Además de las condiciones socioeconómicas, se suman condiciones climáticas. En el calendario, junto al tiempo de las “vacas gordas”, la zafra y disponibilidad de recursos se tiene el tiempo de lluvia e inundación; y junto al tiempo de las “vacas flacas”, el agotamiento de los recursos y la vulnerabilidad frente a los prestamistas se tiene el tiempo de la sequía e incendios.

Junto a la estructura del endeudamiento, un bloqueo estructurante reflejado en las condiciones de la carretera troncal Cobija – Riberalta, la actual crisis económica y sobre todo el encarecimiento del combustible, reside en la narrativa local mostrando que la economía funciona siempre para adentro. No conviene salir de la comunidad, ni para comprar insumos para la producción, ni para la venta de los productos gastronómicos, artesanales u otros.

¿Cómo se resuelven las emergencias familiares y comunitarias?

Las familias extrañan la posibilidad de tener una reserva de recursos porque las enfermedades, accidentes y contratiempos no esperan. Las entidades bancarias son una opción, pero los requisitos, condiciones y tiempos suelen ser abrumadores. Especialmente, en el tiempo de mayor vulnerabilidad, muchas familias se ven obligadas a dejar en prenda sus artefactos, sus casas y hasta terrenos. Una diversidad de prestamistas están dispuestos a resolver las emergencias desde el ámbito de la informalidad. Familiares, vecinos, dueños de almacenes, ‘paisanos’ –personas andinas habitantes de la región–, actores externos, colombianos y otros agentes con recursos inmediatos, se disponen a cobrar un abanico importante de intereses, elevando los montos adeudados, a veces de forma desorbitante.

Además de los prestamistas, un respaldo importante en el ámbito local son los aportes comunitarios. Hasta 500 bolivianos que se entregan anualmente, que suelen ser motivo de pelea y resistencia desde las familias más jóvenes, suelen ser un colchón y apoyo importante cuando los partos se complican, cuando hay un accidente en el bosque o se presenta una necesidad imperante. En ese mismo marco, la caja de las asociaciones de mujeres, grupos de entre 20 y 50 mujeres, representa un respaldo para continuar los emprendimientos y también para los apuros que viven, principalmente, las madres de familia. En menor medida, los diezmos a las iglesias y ayudas solidarias implican un soporte que de certidumbre a las emergencias y necesidades.

¿La zafra de la castaña es un ingreso infalible en el Norte Amazónico?

No. La zafra de la castaña para las familias campesinas e indígenas es un ingreso sumamente variable, inseguro y condicionado. Por ejemplo, la comunidad esse ejja de Portachuelo en el Municipio de Gonzalo Moreno tiene un corto tiempo de zafra –entre 15 y 25 días– entre diciembre y enero, debido a su poca disponibilidad de monte alto; sin embargo, especialmente, los hombres se prestan a salir de la comunidad y habilitarse en otros centros productivos de la región hasta por 3 meses venideros. Las cortas semanas de zafra en el bosque propio, la realizan sin la certeza del precio de la castaña que se sigue debatiendo en las principales ciudades de la región, en una interminable disputa entre empresarios exportadores y los sectores de campesinos y zafreros.

La zafra de castaña como tal es una actividad sumamente pesada y riesgosa, pues los cocos cargados en la cúpula de los almendros de hasta 30 metros de alto tienden a la caída por gravedad. Las y los zafreros no cuentan con condiciones de seguridad laboral y personal, frente al riesgo de la caída de cocos, los animales del bosque o las condiciones de las trochas entre el bosque, los payoles –centro de acopio en el monte– y los centros poblados que suelen hacerse en moto. El tiempo de lluvias también determina una serie de condiciones riesgosas para el transporte del producto y la posibilidad de sacar el producto.

Las mujeres esse ejja saben que del tiempo de la zafra se retorna con algo, tal vez una moto, pero muchas veces el retorno de los esposos se acompaña de una deuda y no así de los ingresos esperados.

Alternativas para el ahorro

En consulta con las mujeres amazónicas, nos han contado de estrategias principalmente colectivas. Las mujeres dan cuenta de una serie de estrategias, desde aquellas prácticas que cuentan las mujeres con mayor experiencia, de ocultar el dinero en los huequitos de las casas, resguardarla de los gastos en frivolidades, hasta privar a los hijos de algunas cosas no imprescindibles y rechazar la “economía del bolo” –el consumo de coca machucada con cigarro y alcoholes visto como un vicio que cunde en la población masculina– y, por supuesto, afianzar los emprendimientos con los grupos de amigas.

Un aliento sumamente esperanzador y emotivo para quienes tenemos madres y abuelas que no han cursado la educación secundaria y superior, es conocer que las mujeres amazónicas que oscilan entre los 45 y 55 años de edad, consideran el estudio como una estrategia que les permitirá no solo acceder a mejores condiciones laborales, sino también como una oportunidad de reivindicar el tiempo para una misma. ¿El estudio es una inversión o un ahorro? Claramente es una inversión, pero en la reflexión las mujeres nos explican que es tiempo, recursos y ganas que una ahorra para sí misma.

Ser amigas es una estrategia. Animarse unas a otras, apoyarse y no permitir que la otra desfallezca en el intento. La lucha por trabajar, estudiar, atender a los hijos y sacar adelante la familia, sería tan difícil sin la amiga que te llama, que te envía un mensaje y llama la atención cuando las jornadas, la violencia intrafamiliar y la subestimación generalizada se hacen tan pesadas. Las asociaciones de mujeres emprendiendo y llevando a cabo iniciativas económicas son eso, una alternativa y un núcleo para luchar juntas contra las adversidades y contra todo tipo de violencias.

La práctica andina del pasanaku está presente en el Norte Amazónico. Pasanakus, mensuales, semanales y hasta diarios están presentes en los grupos de mujeres. Mujeres que no fallan y respetan la dinámica del grupo, esperan el pasanaku y celebran el pasanaku de la compañera, ese es un sistema de ahorro colectivo que parece infalible. Una dinámica contraria a los grupos que organizan entidades financieras como Crecer, para ejercer coerción y condicionamientos para el cobro de deudas con intereses. Los pasanakus de mujeres, los aportes comunitarios y las cajas de asociaciones de mujeres parecen, en lugar de explotar las relaciones personales e interfamiliares, ser una estrategia de ahorro basada en el tejido social y comunitario, que sostiene la vida frente al extractivismo secular en la Amazonía boliviana.  

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