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Un cambio de modelo hacia la forma de producción agroecológica es beneficioso para el medio ambiente y para la salud de los trabajadores, pero tiene también impacto en las relaciones en el interior de la comunidad. En esta imagen de febrero de 2019, el colectivo UTT ofrece verduras gratuitamente en Buenos Aires en signo de protesta. (AP/Natacha Pisarenko)

Por: Nazaret Castro*

Argentina, un país donde el 60% de la superficie de tierra cultivable está plantada con soja transgénica, se ha convertido en uno de los territorios donde el modelo del agronegocio avanza con más celeridad; pero, en los últimos años, emerge también con fuerza un movimiento que apuesta por la soberanía alimentaria y las prácticas agroecológicas, tanto desde la producción como desde el consumo. En ese tránsito es fundamental el rol de las mujeres, que reclaman la necesidad de una perspectiva de género para la agroecología, y que identifican el modelo agroindustrial con el paradigma patriarcal.

“Sin feminismo, sin igualdad, la reforma agraria retrocede”, sentenciaron las mujeres rurales en el comunicado que surgió del Encuentro Plurinacional de Mujeres celebrado en La Plata el pasado mes de octubre. Protagonismo especial en ese proceso ha tenido la Unión de Trabajadores de la Tierra (UTT), que aglutina a unos 15.000 trabajadores y trabajadoras rurales en todo el territorio argentino. Reivindican la reforma agraria que garantice el acceso de los campesinos a la tierra, y han redoblado su apuesta por la producción agroecológica. “Somos familias que venimos del modelo de producción del ‘enemigo’: es una hazaña de la organización construir desde dentro, con un método de campesino a campesino, la transición a la agroecología”, afirma Rosalía Pellegrini, secretaria de Género de la UTT.

La existencia de la una Secretaría de Género ya apunta a la importancia que la mirada feminista tiene para la organización. “Las mujeres agricultoras comenzamos a reflexionar sobre los roles y tareas que desempeñamos en la chacra (la finca) y en la casa, así como sobre la violencia de género que sufrimos. Se formó una red estable de compañeras para discutir no sólo las violencias físicas y domésticas, sino también las exclusiones que vivimos en otros terrenos de la vida, sobre todo en el trabajo productivo”, explica Pellegrini, y añade:

“Nos dimos cuenta que el modelo de producción imperante en las quintas, el del agronegocio y la dependencia, plaguicidas, agrotóxicos, en ese modelo las mujeres estamos excluidas. Trabajamos más de doce horas en la quinta y seguimos trabajando en los hogares, pero no formábamos parte de las decisiones de qué comprar, qué cultivar, qué semilla usar, [esto] se convirtió en territorio de varones”.

También en otras organizaciones que trabajan por la soberanía alimentaria, como la cooperativa Iriarte Verde, dedicada a la comercialización de alimentos agroecológicos, subrayan la necesidad de rotar las tareas para acabar con la división sexual del trabajo: “Nuestra apuesta es que, a través de la rotación de tareas, todas las personas pasen por todas las tareas y sepan qué involucra, desde ir a una feria a visitar una quinta o hacer un reparto”, afirma María Caroli, que milita en Iriarte Verde desde hace doce años.

Esa división sexual del trabajo ha servido para invisibilizar el aporte del trabajo productivo que las mujeres realizan en las chacras; al mismo tiempo que ha doblado la jornada laboral de las campesinas, y las ha expulsado de la toma de decisiones. “Ocurría a menudo que, si había un taller, las mujeres se encargaban de comprar, preparar comida y lavar los platos; estaban tan ocupadas organizando el taller que no podían asistir a él. Nosotras estamos priorizando la participación de las mujeres en las capacitaciones; y notamos que se empieza a escuchar más su voz en las asambleas”, apunta Maritza Puma, que forma parte del Consejo Técnico Popular (CoTePo) del área de Producción de la UTT. En su opinión, “el agronegocio es un modelo patriarcal. Lo eligen los varones. Él se hace cargo de lo económico y ella de la cocina, etc., por eso él decide este modelo; no es que no lo vea, pero no le da tanta importancia a la alimentación y salud de sus hijos”.

El agronegocio como modelo patriarcal

Pero, ¿por qué la agroecología debe tener perspectiva de género? Así lo explica Puma: “La mujer es la persona que en general más se preocupa por la alimentación y la salud de todos los miembros de la familia; es también la más expuesta al efecto de los agrotóxicos, pues trabaja en la quinta pero también en la casa, a veces incluso embarazada”. Por eso, como señala Pelegrini, “la soberanía alimentaria está por la mitad si no se incorpora a las mujeres en la toma de decisiones de qué y cómo producir, comercializar y consumir los alimentos”.

La UTT ha sido una de las organizaciones que más activamente ha trabajado en articular canales de distribución alternativas para combatir “un sistema irracional de comercialización en el que pierde quien produce y quien consume”, pues los intermediarios acaparan el valor: existe un promedio de 400% de diferencia entre lo que paga el consumidor y lo que recibe el productor, como expresa la organización en su web. Esa fue la situación que, en 2019, visibilizó la UTT a través de los “verdurazos”, acciones en las que se ofrece a los consumidores frutas y verduras a un precio irrisorio –tan irrisorio como el que perciben los agricultores por su trabajo– en lugares públicos.

“Pretendemos que la persona que compra sepa lo que hay detrás de los alimentos: cuando toman conciencia de la realidad, les das la oportunidad de que decidan qué modelo quieren apoyar”, señala Puma.

Ese “sistema irracional” de comercialización y distribución forma parte, también, del “modelo patriarcal agroindustrial” que denuncian las trabajadoras rurales, un modelo dominado por grandes multinacionales como Bayer-Monsanto y BASF, cada vez más concentradas. Ese modelo, afirman en la UTT, “pacta con el machismo que hay en las chacras” con la complicidad del Estado: “El Estado es responsable de que en Argentina entren más de cien plaguicidas que están prohibidos en el resto del mundo. El Estado dice que el modelo es inocuo si se emplean buenas prácticas agrícolas en la aplicación de los agrotóxicos; como si hubiera una buena manera de envenenar los alimentos”, subraya Pellegrini.

El gran desafío del feminismo

Un cambio de modelo hacia la forma de producción agroecológica es beneficioso para el medio ambiente y para la salud de los trabajadores, pero tiene también impacto en las relaciones en el interior de la comunidad: “Con el modelo del agronegocio, intentas producir mucho en poco espacio; hay que aplicar agroquímicos para que la cosecha salga lo más rápido posible; y así se pasa la vida, también rápido. Nos han llegado historias de campesinos que dicen que, desde que se pasaron a la agroecología, están más tranquilos, más felices, incluso han mejorado la autoestima. Cambiar al modelo agroecológico cambia las relaciones con los otros y al interior de la familia”, afirma Puma.

Las perspectivas para este enfoque parecieran optimistas en un país donde se aúna el empuje del movimiento feminista con el de las luchas por la soberanía alimentaria.

El mayor desafío en ese sentido es, en opinión de la socióloga Maristella Svampa, “articular el feminismo de Ni Una Menos, que sale masivamente a las calles por el aborto legal o contra el feminicidio, y, por otro lado, los feminismos populares y comunitarios que nacen al calor de las luchas contra el extractivismo –desde la megaminería al agronegocio–, abriendo así el movimiento a una crítica al patriarcado en la que confluyan las ideas de interdependencia y ecodependencia, la defensa de los bienes comunes y los valores del cuidado”.

Desde esa misma perspectiva, apunta Pellegrini, “la agroecología debe ir unida a una recuperación del rol de las mujeres como cuidadoras de la tierra, del planeta, de la familia, al tiempo que los varones aprenden a compartir las tareas de cuidados. Debemos entender que la violencia que le hacemos a la tierra con el modelo agroindustrial es la misma que vivimos las mujeres en nuestro propio cuerpo”.

 

*Nazaret Castro es periodista española, corresponsal desde hace ocho años en América Latina. Ha colaborado con medios como Le Monde Diplomatique, Público y La Marea. Es cofundadora del colectivo Carro de Combate, que investiga los impactos socioambientales de los productos que consumimos, el aceite de palma entre ellos.

Twitter : @nazaret_castro_

Artículo original de Equal Times
https://www.equaltimes.org/la-agroecologia-feminista-hace?fbclid=IwAR2FPOR0lxP-EeNwuMPBGYCS4Il78GmTz7oy7ygqwYakaesO_OjzSuBVPxo&lang=es#.XscN5MbB_dd

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