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Santiago Roca

Si bien no existe cien por ciento de correlación y hay siempre algunas excepciones, muchos estudios han demostrado que la excesiva concentración de tierras y el crecimiento económico han sido generalmente antagónicos. A mayor concentración menor crecimiento económico. La concentración de tierras en pocas manos ha favorecido tradicionalmente el monocultivo, la simplicidad en la producción, la no necesidad de educación, la inexistencia de instituciones, la concentración del poder y el alejamiento del Estado en la provisión de servicios y en la preservación de igualdad de oportunidades para los ciudadanos. Las grandes unidades agrícolas modernas son exitosas muchas veces a nivel microeconómico cuando son capaces de traer tecnología y métodos modernos de gestión, pero fallan a menudo a nivel sistémico en su relación con el entorno, el desarrollo local y regional y el logro del debido equilibrio social. Por eso, países tan extensos como Estados Unidos y Canadá siempre han estado preocupados por crear una estructura de tenencia de la tierra acorde con su dotación de otros factores, entre ellos las personas vinculadas a la agricultura. No son solamente consideraciones de eficiencia económica sino aquellas vinculadas al “interés público”, a una mejor distribución del poder económico y a la eficiencia social, la que los legisladores de estos países han tenido en cuenta. Por estas mismas razones países del sudeste asiático como Corea del Sur, Taiwán, Malasia, Singapur, llevaron a cabo procesos de reforma agraria que redistribuyeron la propiedad agrícola, pero aumentaron también la inversión en infraestructura, la extensión técnica, la educación y el incremento de la productividad.

En el Perú, si bien por un lado, la reforma agraria quebró la estructura tan desigual de tenencia de la tierra al transferir las haciendas a manos de cientos de trabajadores y miembros de comunidades campesinas; de otro lado, paradójicamente, la política de control de precios de los alimentos, el retraso del tipo de cambio y los subsidios a la importación, propiciaron la destrucción y quiebra de las mismas empresas agrícolas. Como consecuencia de ello se parcelaron y desintegraron la mayoría de cooperativas y sociedades agrícolas, se fragmentó 4 o 5 veces más la tierra por sucesión generacional y la agricultura no progresó.

Con el cambio de las políticas económicas empezaron a surgir nuevas condiciones para el desarrollo agrícola, lo precios se habían liberado, el tipo de cambio se dejó flotar, habían aranceles y derechos específicos (franjas de precios) que gravaban las importaciones, y nuevos métodos de gestión agrícola empezaron a emerger. La estructura productiva sin embargo estaba extremadamente parcelada, ya no era un problema de concentración de tierras sino de extremada atomización. Justo cuando el Perú estaba en el mejor momento para diseñar políticas e instituciones que aumentaran la productividad y facilitara el nacimiento de cientos de medianos agricultores (costeños, serranos y selváticos), el gobierno optó por favorecer la reconstitución de las grandes unidades agrícolas (latifundios y haciendas). El péndulo en la concentración de la tierra otra vez en la política nacional. La política de favorecer las grandes empresas y la gran inversión se sigue no solo en las tierras parceladas sino en la concesión de las nuevas tierras irrigadas, la producción de agrocombustibles, las grandes concesiones de tierras para la minería y el petróleo y las concesiones forestales. El Perú está perdiendo la oportunidad y el momento histórico para generar una clase empresarial de medianos agricultores que estimulen un desarrollo pujante, competitivo e innovador, pero a la vez, más equitativo e incluyente.

- Santiago Roca ES Profesor Principal Universidad ESAN

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