Posts @IPDRS

PRODUCCIÓN - EXPLORACIONES

51 - Mujeres indígenas rurales en el Chaco Argentino: Del espacio doméstico al espacio público

Autoría: Anabella Verónica Denuncio
Lugar: - ARG
Fecha de publicación: 29, Abril, 2020
Editorial: IPDRS
N de paginas: 26
ISBN: 978-9917-9811-3-8
Visitas:
Resumen comentado:

Mujeres indígenas rurales en el Chaco Argentino: Del espacio doméstico al espacio público1

Anabella Verónica Denuncio 2

Mujeres Indígenas y Proyectos de Desarrollo en el Gran Chaco argentino

El Gran Chaco argentino forma parte de una región mucho más amplia: el Gran Chaco Americano. Se trata de un territorio boscoso de gran diversidad, tanto social como ambiental. Su extensión incluye más de un millón de kilómetros cuadrados. Y comprende parte de los actuales territorios de Argentina, Paraguay, Bolivia y Brasil. Constituye la mayor masa boscosa de Sudamérica después de la Amazonía. Cuenta con una amplia variedad de ambientes y una vasta diversidad de especies vegetales y animales que hacen de esta zona un área clave para la conservación de la biodiversidad.

Asimismo, desde el punto de vista socio-cultural, cuenta con una gran diversidad de grupos étnicos y lingüísticos: wichís, chorotes, ayoreos, qom (tobas), pilagás, guaraníes, matacos, sólo por nombrar algunos. Cuya presencia en la región es preexistente a la conformación de los estados nacionales. En los cuales, actualmente, se hallan comprendidos.

Paradójicamente, pese a tener una gran riqueza ambiental y socio- cultural, el Gran Chaco argentino posee los peores índices socio-económicos. Es decir, según los datos del último Censo Nacional realizado en 2010, la región registra los índices más altos de pobreza. Así como los porcentajes más elevados de hogares con Necesidades Básicas Insatisfechas (NBI) de Argentina.

La implementación de políticas y acciones de intervención en el territorio chaqueño destinadas a transformar su fisonomía natural y sus estructuras productivas y poblacionales constituye un fenómeno de larga data. Solo circunscribiéndonos al período de construcción del Estado-Nación argentino es posible mencionar algunos hitos significativos. Tales como las economías de enclave forestales, la campaña militar al norte para liberar tierras y el proyecto de fundación de colonias agrícolas con población migrante europea (Sapkus, 2009). Décadas más tarde, los intentos de implementación de un modelo desarrollista volvieron a priorizar este territorio como espacio testigo de los beneficios de “modernizar” las economías regionales (Rofman, 1993). Como advierten diversos autores (De la Cruz, 1997; Gordillo, 2006; Trinchero, 2000), el despliegue de estas dinámicas de transformación estuvo intrínsecamente asociado a la historia de despojo, violencia, persecución, marginación y miseria que caracterizó la historia reciente de las poblaciones indígenas que habitan estos territorios en forma ancestral.

Sin embargo, dentro esta tendencia general, es preciso advertir matices significativos en torno al rol asignado a las poblaciones indígenas en las dinámicas de transformación referidas. La amplitud que adopta este contraste puede ejemplificarse considerando las diferencias existentes a nivel de dos instrumentos de política internacional. Mismos que permean políticas públicas sobre la cuestión indígena a nivel gubernamental como no- gubernamental. Me refiero a los convenios elaborados desde la Organización Internacional del Trabajo (OIT) que fueron subscriptos por Argentina. Por una parte, el Convenio 107, promulgado en 1957, resulta un ejemplo claro de la orientación del proyecto desarrollista de la segunda mitad del siglo XX. En tanto establecía, sin ambages, que los Pueblos Indígenas representaban sociedades temporarias destinadas a desaparecer a través de la aculturación programada o “modernización”. En contraste, casi cuarenta años después, el Convenio 169, establecido en 1989, propuso un giro radical en el modo de concebir a estas poblaciones. Estableció como principios rectores el reconocimiento del carácter pre-existente al Estado-Nación y el derecho a la diversidad étnica y cultural.

Desde mediados de 1960 el territorio chaqueño fue el destinatario privilegiado de la instalación de equipos de trabajo de tinte eclesial, católicos y protestantes, en zonas rurales con presencia campesina e indígena. Los agentes que conformaban los equipos de trabajo llevaron adelante extendidas estancias entre los indígenas. Donde emprendieron proyectos integrales de desarrollo, dirigidos al mejoramiento de la salud, educación y el 5

trabajo. Pues se enmarcaron en el ethos desarrollista de la época y para ello contaron, fundamentalmente, con el apoyo de donantes extranjeros (Bray, 1989). Me refiero, por ejemplo, a Organizaciones No Gubernamentales (ONG) como el Instituto de Cultura Popular (INCUPO), ASOCIANA, FundaPaz y la Junta Unida de Misiones (JUM). Las mismas accedían a financiamiento de organismos eclesiales europeos como MISEREOR, Pan para el Mundo, Organización Intereclesiástica para la Cooperación al Desarrollo (ICCO), entre otros.

En sus inicios, la implementación de estos proyectos se apoyó en la idea de que la inversión de tecnología y capital permitiría alcanzar el “desarrollo”. Se confiaba en que esas intervenciones lograrían mejorar la calidad de vida y el acceso a bienes y recursos materiales y simbólicos, reduciendo la pobreza y la desigualdad. Además, mediante un enfoque integral, a través de la actuación sobre la economía, educación, salud, vivienda, alimentación y productividad, se pensaba que podría romperse, decisivamente, el círculo vicioso de la pobreza, ignorancia, enfermedad y baja productividad. Y, una vez que eso se lograra, el proceso de desarrollo económico podría volverse auto-sostenido.

No obstante, hacia mediados de la década de 1980, como puede advertirse en informes de la época, elaborados por los organismos cooperantes (Von Bremen, 1987; Wallis, 1986), emergieron profundas críticas hacia las acciones de las agencias de desarrollo. Esos informes indicaban que los programas implementados durante casi dos décadas no habían logrado producir transformaciones profundas en la remisión de la pobreza.

Asimismo, durante los años 70’ y 80’, los avances de las teorías de género en la academia y el movimiento feminista impulsaron profundos debates. Los cuales condujeron a que los planificadores del desarrollo comenzaran a detenerse en el rol de la mujer. Una temática que hasta el momento había sido ignorada. Las críticas feministas efectuadas a ese tipo de proyectos permitieron observar que el trabajo de las mujeres había estado ausente en los cálculos de los planificadores del desarrollo. A partir de entonces comenzó a considerarse que uno de los factores del fracaso de las agencias de desarrollo, para mitigar la pobreza, era consecuencia de haber focalizado la tarea en los varones. Sin tomar en cuenta el rol de las mujeres.

Desde entonces, el paradigma del desarrollo se dirigió a las mujeres desde diversos enfoques. En un primer momento, fueron consideradas como un “camino rentable” para invertir y alcanzar el desarrollo económico. Posteriormente, esta idea fue sustituida por el concepto de “empoderamiento”. Entendido como el afán de lograr revertir la subordinación de las mujeres y mejorar su autoestima. A través del fortalecimiento de la ciudadanía, con capacitaciones dirigidas al conocimiento de sus derechos. Esto condujo a que los temas “mujer” y “género”, así como el interés en las poblaciones indígenas, cobraran relevancia en los programas de desarrollo. Pues se convirtieron en tópicos prioritarios en las agendas de las entidades de financiamiento internacional.

En este ensayo realizo algunos aportes analíticos sobre las mujeres indígenas rurales organizadas a partir de proyectos de desarrollo rural y su participación en el espacio público. De manera concreta me propongo contribuir a la comprensión de los procesos organizativos e identitarios, protagonizados por mujeres indígenas rurales en el espacio público. Desde un abordaje metodológico que combina etnografía con análisis de documentos, me focalizo en la experiencia de las mujeres qom (tobas) que habitan las comunidades indígenas rurales de Pampa del Indio en la provincia de Chaco, Argentina. A través de la observación del caso de la organización “Nate’elpi Nsoquiaxanaxanapi” 3 (“Madres Cuidadoras de la Cultura Qom”). Considero un período temporal que abarca las últimas tres décadas, desde 1985 hasta 2015.

En consecuencia, en este ensayo reconstruyo la trayectoria organizativa de este colectivo de mujeres indígenas. Por un lado, coloco especial atención en las actoras e instituciones que promovieron la organización base. Y observo el desempeño de actividades que permiten comprender cómo las mujeres indígenas lograron trascender el espacio doméstico. Y así, ganar mayor presencia en el espacio público, tanto comunitario como extracomunitario. Por otro lado, exploro las tensiones entre la defensa de los derechos colectivos a la diversidad étnica y cultural y los derechos individuales de las mujeres que son expresados por las mismas indígenas al presentar sus demandas en el espacio público.

La tesis que sostiene este ensayo afirma que las mujeres indígenas de Pampa del Indio- Chaco protagonizaron procesos organizativos e identitarios. Mismos que les permitieron trascender el espacio doméstico y visibilizar sus voces en el espacio público, comunitario y extracomunitario. A través de la organización de diversas actividades de trabajo y capacitación que se enmarcaban en proyectos de desarrollo llevados adelante por ONG de tinte eclesial. Al hacerlo, la dimensión de la maternidad y la posesión de una “cultura ancestral” ganaron potencia y centralidad en sus demandas de territorio, salud y educación intercultural. Es decir, estos aspectos jugaron un papel fundamental en su construcción como sujeto político en el espacio público. Tensando la división dicotómica entre los derechos colectivos a la diversidad étnica y cultural y los derechos individuales de las mujeres. En este sentido, considero que cuando las mujeres indígenas enarbolan sus demandas en el espacio público, suelen priorizar la defensa de los derechos colectivos de los pueblos indígenas a la diferencia étnica y cultural. Y colocan en una posición subordinada la defensa de sus derechos como mujeres. Sin embargo, esto no significa que desconozcan las desiguales relaciones de género y poder en que se hallan inmersas.

 

1 El presente ensayo obtuvo el 2do Lugar en el concurso “Mujeres rurales: innovando estrategias, transformando realidades” en la versión 2019. Organizado por el Instituto para el Desarrollo Rural de Sudamérica (IPDRS).

2 Anabella Verónica Denuncio, de nacionalidad argentina, es Socióloga (UBA), Magíster en Ciencias Sociales (IDES/ UNGS), Doctoranda en Ciencias Sociales y Humanas (UNQ). Becaria Doctoral en Temas Estratégicos del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET), Investigadora del Instituto de Estudios sobre Ciencia y Tecnología (IESCT) de la Universidad Nacional de Quilmes (Argentina).

3 El nombre de la organización está escrito en lengua qom (toba).

Compartir

Escribir un comentario


Código de seguridad
Refescar