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Armados con su conocimiento del terreno, botas de goma, smartphones y drones, los indígenas del Amazonas peruano están haciendo el trabajo que las petrolíferas, tanto privadas como estatales, llevan mucho tiempo sin hacer.

Fidel Sandi, de 33 años, un líder de la  comunidad indígena achuar en San Cristobal, clava un palo en el terreno pantanoso de un palmeral. Sandi observa cómo brotan burbujas de crudo a la superficie, dejando un brillo aceitoso en el agua.

“Los árboles se están secando, la gente recoge fruta aquí para el mercado, hay animales que se cazan aquí, pero todo está contaminado”, Sandi suelta un suspiro, mezcla de rabia e irritación. Mirando hacia las palmeras, Sandi tiene buen ojo para ver los signos de la contaminación. Ahora puede usar su smartphone para recoger pruebas fotográficas y de vídeo geolocalizadas para presentarlas a la agencia de supervisión medioambiental de Perú, la OEFA.

Su comunidad sigue recolectando los frutos de la palma de moriche y cazando pecaríes en estas zonas pantanosas, pertenecientes a Oil Block 8 pero en concesión desde hace 15 años a Pluspetrol, el mayor productor de crudo y gas en Perú. Un cartel de la compañía dice que el terreno fue rehabilitado desde el punto de vista medioambiental en 2009, pero Sandi dice que los depósitos de crudo implican que la cadena alimenticia esté contaminada. Las prospecciones petrolíferas comenzaron en este pueblo a las orillas del río Corrientes antes de que naciera Sandi.

La contaminación por petróleo no es un problema sólo para el pueblo Achuar, también lo es para comunidades río arriba: en la cuenca del río Pastaza, para los Kachwa en el río Tigre y para los Kukama y los Wampis en los ríos Marañón y Santiago, a través de toda una franja del Amazonas peruano.

Avances tecnológicos

Monitores medioambientales vienen de todas partes a San Cristóbal para aprender a usar las herramientas tecnológicas con un equipo del  Instituto Internacional para los Estudios Sociales de la holandesa Universidad Erasmo y la ONG Democracia Digital.

“Con internet y los drones podemos conseguir imágenes desde las profundidades del Amazonas a las salas de juntas de empresas en cuestión de segundo, cuando antes se tardarían días o semanas”, dice Gregor MacLennan de Democracia Digital.

“El mundo moderno está ya presente aquí en la forma de compañías petrolíferas. Creemos que los indígenas necesitan ser capaces de luchar en las mismas condiciones”.

Rafael Rojas, que está a cargo de la supervisión de los hidrocarburos en la OEFA, dice que los drones “ayudan a determinar las áreas afectadas a mucha más velocidad y precisión” cuando hay un derrame de crudo. Durante el pasado año hubo una serie de vertidos relacionados especialmente al  oleoducto norperuano,cada vez más deteriorado, gestionado por la petrolera estatal, Petroperu. La compañía pública  ha dicho que va a ampliar la infraestructura del oleoducto y que tiene un plan de contingencia en vigencia para tratar con los vertidos.

Un legado letal

Los residentes más mayores de San Cristóbal pueden trazar el historial del legado letal de las prospecciones petrolíferas más de 45 años atrás. La madre de Sandi, Anacha Hualinga, dice que no recuerdo un tiempo antes de que hubiese crudo en el río Corrientes. A ella, su impacto tóxico ha marcado de manera trágica su vida.

“Mi hijo murió vomitando sangre. Mis hijos han muerto, mis nietos también, todo por los contaminantes, sus cuerpos no pudieron soportarlos. Otros nacieron muertos porque no pudieron aguantar la contaminación”. Dos de sus hijos murieron de bebés y tres de sus muchos nietos también murieron muy jóvenes, explica Hualinga.

“Hoy en día sigue así, los niños nacen con dolores o lesiones. Para mí es muy doloroso perder a mis hijos y a mis nietos”.

En 2006, el Ministerio de Sanidad peruano descubrió que más del 90% de los hombres, mujeres y niños achuar en la cuenca del Corrientes tiene niveles de metales pesados tóxicos en la sangre muy por encima de los niveles seguros. En el mismo año, Pluspetrol firmó un acuerdo  prometiendo reinyectar las aguas de producción bajo tierra –con presencia de metales pesados como el plomo, el cadmio o el bario– para que no vuelvan a entrar en el ciclo del agua.

Pluspetrol, que ha gestionado el bloque de petróleo cercano desde 2001, ha culpado de la contaminación al operador anterior, Occidental Petroleum, con sede en Estados Unidos. La compañía estadounidense pagó en 2015 una suma que no se ha hecho pública a los achuar en un arreglo extrajudicial.

Pluspetrol no respondió a preguntas.

Partir de cero

América Arias, trabajadora de la  ONG Equidad y especialista en salud pública, dice que el Ministerio de Sanidad peruano todavía tiene que llevar a cabo un estudio toxicológico en la zona y que la gente no recibe atención médica por síntomas específicos.

“Están empezando a emerger condiciones que no pueden tener otra causa que la contaminación: casos de cáncer, deformidades en bebés recién nacidos, enfermedades congénitas, un bajo desarrollo cognitivo en los niños”, dice Arias. Muchos estudios científicos muestran que la acumulación de metales pesados en el suelo, así como el consumo de peces y animales en la zona del río Corrientes, es potencialmente cancerígeno.

Según Amnistía Internacional, la región amazónica de Loreto es una de las nueve regiones de Perú en las que metales pesados tóxicos producidos por la minería y las prospecciones petrolíferas están afectando a la salud. Se ha pedido al gobierno en Lima un plan sanitario específico y agua potable.

Después de una visita a la delegación, el Ministerio de Sanidad peruano dijo que se coordinará con los ministerios de Medio Ambiente, Vivienda, Finanzas, Energía y Minería para controlar y reducir las causas de la contaminación.

Fernando Serrano, profesor de salud laboral en la Universidad de Missouri y experto en la contaminación de metales pesados, dice que Perú tendrá que empezar de cero.

“A día de hoy no hay un estudio nacional de cuánta gente ha sido expuesta al plomo, al cadmio, al arsénico, al mercurio… y muchos otros metales tóxicos que sabemos que causan enfermedades”, concluye Serrano.

FUENTE: SABADELL

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